Cada año se producen en España entre 110.000 y 120.000 nuevos casos de ictus. Son datos de la Sociedad Española de Neurología, que estima que anualmente 25.000 personas fallecen y cerca de 35.000 desarrollan una discapacidad por esta enfermedad. Y la previsión es que las cifras sigan aumentando: en menos de 15 años, los casos de ictus aumentarán un 35% si no se llevan a cabo estrategias de prevención.
Sin embargo, el escenario podría cambiar y que la incidencia del ictus disminuyera si se controlan los factores de riesgo. Hasta el 90% de los casos podrían evitarse siguiendo hábitos de vida saludables y prestando atención al estrés, que también juega un importante papel en el desencadenante de un accidente cerebrovascular, como han concluido distintas investigaciones sobre la relación entre estrés e ictus.
Factores de riesgo modificables
Aunque existen factores de riesgo no modificables que pueden predisponer a una persona a padecer un ictus, como la edad, antecedentes familiares, el sexo y la raza, hay otros factores que juegan un rol clave en la aparición de un accidente cerebrovascular que sí pueden controlarse. El tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y de drogas, la hipertensión arterial, los niveles altos de colesterol, la diabetes, la obesidad o el sedentarismo pueden contribuir a desencadenar un ictus, por lo que controlarlos es fundamental para prevenir su aparición. Pero además, entre esos factores de riesgo modificables que influyen en que pueda producirse un accidente cerebrovascular se encuentra el estrés, que se da con frecuencia en nuestra sociedad: la Encuesta de Salud de la Fundación Española del Corazón (ESFEC) 2021 desveló que el 17,4% de la población adulta española padece estrés.
La relación entre estrés e ictus fue estudiada en una investigación realizada por neurólogos del Hospital Clínico San Carlos, y su conclusión fue que el estrés psicofísico, junto con la ansiedad y la depresión, son factores que aumentan el riesgo de padecer un ictus o accidente cerebrovascular.
Relación entre estrés e ictus
En concreto, el estudio publicado en Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry evaluó a 150 personas con una edad media de 54 años, además de a otras 300 personas sanas y de la misma edad residentes en la misma zona. En todos ellos se evaluó el estrés crónico. Tras el análisis, los científicos encontraron que aquellas personas que habían tenido un episodio de estrés importante en el año anterior presentaban un riesgo de ictus casi cuatro veces mayor que el grupo de control sano, evidenciando así la asociación entre estrés e ictus.
Otra investigación posterior también halló relación entre estrés e ictus: según sus conclusiones, existe una fuerte asociación entre la percepción del estrés y el ataque isquémico transitorio. El desequilibrio entre el esfuerzo y la recompensa laboral también se relaciona claramente con el ataque isquémico transitorio.
Cómo se produce un ictus
Todos los tejidos del organismo necesitan del oxígeno y los nutrientes que llegan a través de las arterias. Por eso, cuando estas bloquean una zona dependiente de ellas, esa zona muere. Es lo que ocurre cuando se sufre un ictus, y la mayoría de ellos se producen por una falta de riego a un territorio del cerebro (ictus isquémico).
A su vez, esta circunstancia se da por una de estas tres causas:
- Causa embólica cardiaca: se forma un trombo en el corazón que viaja desde él hasta las arterias del cerebro, taponándolas.
- Causa embólica de otro territorio vascular: placas de ateroma (ateroesclerosis) de otros territorios arteriales ocluyen las arterias más distalmente.
- Causa trombótica: se forman trombos locales dentro de las arterias cerebrales, que en algunos casos se originan por alteraciones de la sangre, como los llamados "síndromes de hipercoagulabilidad".
En todas las causas juegan un papel muy importante los factores de riesgo cardiovascular tradicionales citados, que se pueden controlar con una alimentación equilibrada y actividad física diaria. Pero también es esencial evitar el estrés, que puede provocar hipertensión y se asocia a malos hábitos dietéticos o falta de sueño, lo que supone un factor de riesgo que incide a su vez en otros factores de riesgo.
Cómo combatir el estrés
Los profesionales sanitarios recomiendan prestar atención a cómo nos encontramos emocionalmente. Y, en caso de que tengamos problemas, aconsejan buscar ayuda a través de los profesionales de la salud mental. Pero además, contamos con varias herramientas que pueden ayudarnos en estas situaciones:
- Deporte. A través del ejercicio físico liberamos tensiones que pueden reducir los niveles de estrés ya que, tras su práctica, el organismo entra en estado de relajación.
- Alimentación saludable. Una alimentación rica en verduras, frutas y fibra, y baja en grasas y azúcares, ayuda a mantener el estrés a raya. Por otra parte, estimulantes como el café y el alcohol potencian el estrés, por lo que lo ideal es reducir su consumo.
- Descanso. Dormir bien es clave para reducir los niveles de estrés. Procurar acostarnos siempre alrededor de la misma hora, incluso durante el fin de semana, nos ayuda a descansar correctamente, al igual que una cena ligera y temprana, que tenga lugar unas horas antes de acostarnos.
- Practicar técnicas de respiración. Las técnicas de relajación resultan muy útiles para manejar el estrés. Entre ellas se encuentra el método denominado ‘respiración por coherencia cardiaca’, con el que se logra un patrón de latido rítmico y fluido, entrando en lo que se denomina ‘coherencia cardiaca’ y en un estado de relajación y bienestar. Se trata de inspirar por la nariz durante cinco segundos, hinchando el abdomen, y espirar por la boca durante otros cinco segundos, contrayendo el abdomen. Lo ideal es que la duración del ejercicio sea de 5 minutos.
Señales de alarma
Además de mantener a raya los factores de riesgo, es muy importante saber actuar a tiempo antes los signos de esta enfermedad:
- Pérdida de fuerza o/y sensibilidad de una parte del cuerpo bruscamente (en la cara, en el brazo…).
- Pérdida de visión súbita parcial o total, en uno o ambos ojos.
- Dificultad para hablar -dificultad para expresarse, lenguaje difícil de articular o incomprensible para el que lo escucha-.
- Dolor de cabeza de inicio brusco, sin causa aparente y muy intenso.
- Vértigo intenso, con inestabilidad, desequilibrio o caídas bruscas, si se acompañan de cualquiera de los síntomas descritos con anterioridad.
Ante estos síntomas, la recomendación es actuar rápidamente, llamar al 112 o llevar al paciente lo más pronto posible a un centro de salud para que los especialistas puedan hacer un diagnóstico y establecer un tratamiento adecuado que permita reducir o evitar el riesgo de daño cerebral en el paciente.